Tagavalancha'13 - Rutas del BBT

Nuestro amigo Jordi, de los Mataró Domingueros Biker Team, nos empezó a hablar de esta salida no hace más de 2 semanas. Se había enterado de ella a través de un foro de mountain bike y el plan no podía ser más prometedor: subir al monte Taga (2.038m.) para luego realizar un espectacular y veloz descenso rodeado de un buen número de endureros desbocados sedientos de emociones fuertes.

Coincidencias de la vida, finalmente a Jordi le salía una obligación laboral y era baja en último momento así que, finalmente, acudíamos Héctor, Jose y Vincent, en la que iba a ser nuestra primera salida junto con otros grupos ya consolidados y habituados a realizar rutas bastante cañeras.

Madrugón considerable cuando solo habían pasado las 5 primeras horas del sábado 21 de septiembre, el despertador sonaba y tocaba poner rumbo a Ribes de Freser ya que la hora de inicio de la ruta se había fijado a las 8:00.

A 13 minutos de la hora señalada, aún no había llegado ni la mitad del grupo, así que el proceso de preparación de la bici y el terminar de vestirse se pudo ir haciendo con más calma mientras algunos aprovechaban para desayunar. Gregorio, quién llevaba tiempo siguiéndonos a través del blog y Facebook, había sido el primero en llegar y nos confirmaba que ese era el lugar donde habíamos quedado todos y desde donde empezaría la ruta rumbo al Taga. Poco a poco fueron llegando coches y más coches hasta juntarnos 15 bikers con ganas de marcha y de empezar lo antes posible a pedalear ya que los 10ºC que a esa hora marcaba el termómetro tenían a más de uno tiritando de frío.

Todos nos habíamos presentado, por fin conocíamos a Joan, quién había organizado la salida y era nuestro guía, y conseguíamos también poner cara a muchos bikers a los cuales solo conocíamos de leerlos a través del foro. Era la hora de arrancar motores y, poco a poco, el pelotón de 15 bikers iniciaba el progresivo ascenso mediante la carretera GIV-5263 de la cual recorreríamos 12.5 kilómetros antes de iniciar a pie el ascenso final al Taga.

Charlas, anécdotas, risas y un ritmo tranquilo nos llevaban a la primera breve parada en Bruguera, donde la mayoría se detenía unos minutos a vaciar depósitos, hacer un par de fotos y beber agua mientras que un pequeño grupo seguía al frente pedaleando sin descanso.

Las montañas aun tapaban el sol y en cuanto uno dejaba de pedalear o venía algún pequeño desnivel de bajada, se notaba aun que eran las primeras horas de la mañana pese a que el día ya tenía toda la pinta de que iba a ser espléndido y soleado. Tras reanudar la marcha, fueron varios los vehículos con los que nos cruzamos, principalmente gente buscando setas y, por lo que pudimos ver, algunos se iban con un cesto bien cargado para casa.

Dejamos atrás el tramo de carretera más resguardado por los árboles y ahora ya, (por pista de cemento) disfrutábamos de las primeras vistas que la ruta nos ofrecía. Día completamente despejado con unas ligeras brumas de fondo que no restaban ni un ápice de espectacularidad al entorno.

Cada cierta distancia, la mayoría del grupo se iba reagrupando aunque se acabaron formando 2 o 3 subgrupos que iban progresando cada cual a su ritmo, realizando algunos más paradas que otros. La subida en todo momento estaba siendo bastante progresiva y al ir cada cual a su ritmo no hubieron mayores problemas en que todos finalmente alcanzásemos nuestro primer objetivo: plantarnos a los pies del Taga para realizar el ascenso final a pie.

Parada de rigor para reponer energías y mentalizarnos de que ahora llegaba la parte dura de la ruta: un tramo de 1,7 kilómetros en los que ascenderíamos 400 metros hasta alcanzar la cima.

El primer grupo tuvo que retroceder un poco ya que se había pasado del punto de inicio de la escalada final y se les veía a lo lejos detenidos un par de curvas más allá de donde el segundo grupo se había parado. 

Tras reagruparnos todos, comer algún que otro bocadillo y barritas y reposar un rato, el segundo asalto comenzaba y el grupo se iba estirando ya desde el principio ya que el considerable desnivel que teníamos por delante no dejaba otra opción que empujar la bici caminando mientras algunos excursionistas que a esas horas ya estaban bajando, nos miraban sorprendidos y nos daban ánimos para continuar.

Realmente impresionaba lo que teníamos por delante, a lo lejos se podía divisar la cruz que corona la cima pero la orografía del terreno no permitía trazar una línea recta y teníamos que tomar un recorrido algo más "moderado" para que nos fuese posible caminar a la vez que todos íbamos empujando las bicis, solo un valiente optaba por echársela a los hombros y seguir caminando.

Aquello se estaba convirtiendo en una auténtica sesión de gimnasio al aire libre con la que
fortalecer las piernas a la vez que agarrabas y empujabas la bicicleta, que más de una vez servía en parte como apoyo y descanso para coger algo de aliento y continuar con la ascensión.

Tras una pequeña tregua de unos pocos metros, la subida aún se complicaba más y venía el medio kilómetro más duro de la subida que cada cual afrontaba como podía. Los que estaban más en forma se lo quitaban rápido de encima mientras que la parte final del grupo progresaba con calma y disfrutando de las tremendas vistas.

Lo peor quedaba atrás y ya volvíamos a tener visual directa con la cima, donde ya había llegado la mayoría del grupo que descansaba al sol y charlaba animadamente mientras animaban a los últimos que faltaban por llegar.

Lo habíamos logrado y ya estábamos todos en la cima descansando de esta pequeña "escalada" a pie que nos había dejado justo por encima de los 2.000 metros de altura. La euforia crecía por momentos y ya se notaban las ganas de bajar en todos los bikers que poco a poco se iban poniendo protecciones y cascos a la vez que algunos aprovechaban para dar otro bocado antes de la bajada. Aprovechando la presencia de algunos excursionistas, quedaba hecha la foto oficial de la salida o, como ya la han bautizado algunos... ¡la foto de la élite endurera!

Rematábamos los últimos minutos en la cima con una selección de chistes que posiblemente haría llorar al niño Jesús mientras que nosotros nos reíamos a plena carcajada y todos hacíamos las revisiones finales a todo el equipo y bicicleta, el momento de la verdad había llegado y en tan solo 6 kilómetros íbamos a descender de nuevo hasta Ribes de Freser.

La bajada tuvo dos partes bien diferenciadas, una primera a campo abierto; monte totalmente deforestado utilizado como zona de pastura en la que si uno soltaba frenos podía alcanzar velocidades de vértigo. Más de 60 km/h registraban los cuentakilómetros de algunos si bien la precaución tenía que ser extrema ya que no había camino alguno marcado, bajábamos por una ladera siguiendo uno de los cercados que delimitaban la zona y donde lo mismo podías encontrarte de golpe un socavón que 3 piedras en medio de la nada. 

Hay que decir que esta primera parte no acabó de convencer a muchos los bikers, si bien era algo diferente a lo que normalmente se puede hacer por nuestras zonas habituales de salidas y las vistas eran en todo momento espectaculares, al compararlo con la segunda parte de la bajada, esta ganó por goleada.

Una segunda parte en la que dejábamos la ladera abierta para adentrarnos en una zona boscosa con piedras, raíces y un trazado mucho más ratonero en el que realmente se notaba que estábamos disfrutando, ya que los gritos y carcajadas de emoción rompían la tranquilidad del monte mientras que el paso de todas las máquinas endureras, e incluso una de descenso, hacían saltar alguna que otra piedra apartada por las descomunales cubiertas que la mayoría llevábamos.

Aun así, no pudo faltar el pinchazo del día y en una de las curvas tuvimos que hacer una parada de 5 minutos en la que todos aprovechamos para ir comentando lo bajado hasta el momento y reposar un poco los brazos que más de uno empezaba a tener fatigados por la tensión al bajar.

Tras reanudar la marcha, otro divertidísimo tramo bien empinado con rocas y raíces, hacía las delicias de todos mientras nos empezábamos a hacer la idea de que aquello se iba a acabar en cualquier momento ya que se empezaba a percibir la proximidad de Ribes de Freser.

Y así fue, cuando mejor se estaba poniendo la cosa, cuando más estábamos disfrutando, llegó el final de la bajada y la fiesta se terminó entre felicitaciones y comentarios varios sobre cómo había bajado cada uno y comprobando que todos estábamos abajo enteros y de una pieza. Tan solo un percance final después de toda la bajada: Héctor se encontraba su rueda trasera fisurada y perdiendo líquido sellante por la junta de la soldadura del aro; una rueda que en breve saldrá con destino a garantía ya que su flamante Commençal tiene poco más de un mes de uso.

Terminada la fiesta, pusimos rumbo todos hacia el coche a dejar mochilas y bicis para luego sentarnos media hora en un bar a tomar unos sanos brebajes de cebada y rematar una estupenda mañana con un grupo de bikers con los que ha sido una auténtica delicia y lujo poder compartir ruta.

Esta crónica va dedicada a todos ellos: la élite endurera


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